Gabriel Rodríguez Blog

noviembre 2, 2009

Lástima que ya no existan…..

Archivado en: Crónica — gabrielrdz75 @ 4:52 pm
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Carne_de_res

Los tacos del mani

Gabriel Rodríguez García

En la Avenida Madero entre Héroes de Nacozari y Artículo 123 de la Ciudad de Monterrey se encuentran los tacos del mani. Se dice que para poder apreciar este lugar y degustar dichos tacos se debe de estar afectado por el alcohol y llegar en las primeras horas del día, de preferencia después de la once de la noche.

El área que rodea la taquería podría parecer insegura y peligrosa para ojos ajenos y no conocedores, la realidad es que el ambiente y la sensación que se vive estando parado frente a ellos es acogedora y de cierta seguridad provocada por el entorno y los comensales.

¿Que cómo es el lugar?, pues es un puesto metálico, mal soldado, peor pintado, con la siguiente leyenda en la parte inferior: “tacos del mani, sírvase a probar la mejor barbacoa” y a un lado la pintura de una res sonriendo de manera un tanto tenebrosa.

En la parte posterior, iluminada con un foco amarillo de bajísimo wattaje, se distingue entre sombras una cabeza y demás partes de una res, junto a esta se divisa otra leyenda en un pedazo de cartón mal cortado “No fiamos oi, mañana si, ebitenos la pena de mandarlo a chingar a su madre”. Don Juan, supongo el dueño, es un viejo taquero de la vieja escuela, cobra y “prepara” los tacos al mismo tiempo, recibe billetes, regresa  monedas y corta la carne sin dedicarle tiempo a la limpieza, sus manos permanecen lejos de una toalla, ni hablar del agua y mucho menos del jabón.

El nombre de esta taquería viene de que los platos no se conocen en este lugar. Al pedir un taco se debe de extender la mano y Don Juan sin voltear pica el ojo, el paladar, lengua, cachete y tripas de la res, avienta una tortilla de harina que de alguna manera cae en la mano extendida y segundos después sirve la barbacoa picada. La gente que va por primera vez se dividen entre los que se sorprenden molestos y los que aplauden ante la bizarra escena, entre más avanza la noche o el día dependiendo de la hora de llegada, los borrachos, taxistas, policías, perros, ladrones, estudiantes se acercan y hacen fila.

La magia termina cuando se escucha el tren a lo lejos, el tren de las 6 de la mañana. Como reloj suizo Don Juan deja de picar, cobra en silencio, pone su cadena oxidada, el candado sucio, chifla entre agudo y rasposo y se aleja caminando, algunos dicen que al rastro, otros que a la perrera, los peores que al cementerio… la verdad no importa la gente regresa y lo hacen con una devoción envidiada por la iglesia.

Starbucks . y esto sucedió a principios de año…

Archivado en: Crónica — gabrielrdz75 @ 3:43 am
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starsucks

Starbucks

Gabriel Rodríguez García

Martes 24 de Marzo, 2009

Como todos los viernes y sábados de cada quince días tengo que ir a Cancún, ya que estoy llevando la maestría en Valuación de Inmuebles, en el Colegio de Ingenieros Civiles de dicha ciudad.

Normalmente salgo de Playa del Carmen a las 7:45am para llegar a las 9am al colegio, hora en la que en teoría empieza el curso, el fin de semana del viernes 21 al domingo 23 de marzo fue la segunda sesión de la clase de Capitalización de Rentas. Ese viernes teníamos examen así que me fui un día antes a la “paradisíaca” ciudad para estudiar un poco más, con la esperanza de que ahora si mi obeso hámster retuviese algo de información. Llegue al medio día y comí en casa de una amiga que amablemente me invitó a comer, después dedicamos la tarde al estudio de manera afanosa y admirable, por lo menos en mi caso. Para las 7 de la tarde llegó una amiga de mi compañera de estudio y decidimos suspender la sesión e ir a tomar un café, ya teníamos los formatos en las computadoras para aplicarlos en el examen, la tranquilidad me abrazaba de manera sospechosa, no había razón para no aceptar dicho café.

Decidieron ir al Starbucks de Paseo Cancún, dos mujeres contra mí, no tenía mucha oportunidad en esa discusión, además me sentía bien, el examen estaba en la bolsa. Llegamos a las 8pm en punto y nos sentamos en una mesa de esas que ponen afuera, donde la gente puede fumar y por ende yo fumarme el humo ajeno, pero eso era lo de menos, el examen ya no me preocupaba. Me senté y me desparrame en la silla imitación madera, coloque mi laptop debajo de la misma, estire mis piernas y brazos, tome mi latte alto con leche deslactosada light con doble shot, le robe un pedazo de brownie a mi amiga saboreándolo con un desenfado insuperable, me sentía bien, el examen ya no era problema.

Después de tres largas horas decidimos partir, quedaba poca gente en el lugar, nos paramos al unísono, muevo la silla para recoger mi computadora y… sorpresa la mía al ver que ya no estaba.

Mi primera reacción fue la de exclamar entre risas y nervio, -¡No mames, ¿dónde la escondieron?!, mis amigas no respondieron solo me miraban nerviosas, no estoy seguro si por ver mi cara o al entender lo que estaba sucediendo, ahí comenzó el camino de bajada, el digerir que me habían robado la computadora en mis narices, debajo de donde estaba sentado, no tenía sentido, no había lógica, recordé la novela de Orwell donde obligan al protagonista a creer que: 2+2 es 5, pero la realidad era que 2+2 es 4 como siempre lo ha sido, no tenía sentido el pretender algo distinto, alguien me había robado.

Corrí de un lugar a otro con la nula esperanza de ver a alguien caminando tranquilamente con mi morral en el hombro, maldije en voz alta, gritando todas las groserías conocidas y no conocidas, mientras la poca gente me veía apenada, imaginándose en mis zapatos, después de algunos minutos, la realidad me volvió a golpear, la razón me tumbó, fría, “haz perdido todo, música, películas, cuentos, novelas, intentos de poesía, trabajo, fotos, videos semi-comprometedores, recuerdos…” era mi propia voz taladrándome, ahí comenzó la segunda bajada, el clásico veneno del hubiera, del hubiese: si hubiera respaldado mis documentos, si hubiese dejado la computadora en la camioneta, si la hubiera subido a la mesa, si hubiese revisado mi correo mientras degustaba el complicado café.

Mierda, me acuerdo y me doy cuenta que todavía me queda ese sabor a oxido del recuerdo.

Después del micro luto, fui con el encargado de seguridad, que según el ya había analizado las CCTV´s, ese fue el termino que utilizó (Closed Circuit Tele-Visions) o cámaras de circuito cerrado a mi entender, con los resultados predecibles, no se veía nada, le ofrecí dinero si me daba alguna imagen de los amantes de lo ajeno, así que volvió a revisar los videos o en realidad ahora si los vio, pero con el mismo resultado; desistí darle seguimiento al proceso en el MP (Ministerio Público) ya que me pedían: la factura, identificación oficial, comprobante de domicilio, acta de nacimiento, tipo de sangre, carta de lo sucedido, al no contar con la factura y al ver la mirada y escuchar el tono de voz totalmente desinteresado de los que en teoría imparten la justicia, decidí ahorrarme ese frustrante e inútil proceso.

Viernes 21, día del examen y yo sin la computadora y única salvación; mi amiga llega con una laptop extra para poder sortear el momento, a pesar de los pronósticos termino la prueba sin mayor dificultad, todos me preguntan que ha sucedido con mi bonita mac blanca y doy la explicación, una y otra vez, cada vez mas resumida, cada vez mas escueta, me cruza por la cabeza imprimir un mensaje en mi camisa, “Sí, me robaron mi computadora en un Starbucks… la tenía debajo de mi silla… lo se… el valor de la misma no importa si no su contenido… ya se…gracias”.

A la gente le gusta escuchar este tipo de cosas siempre que no sean ellos los protagonistas, a la mierda la filosofía, a la mierda las frases precocidas,  “seguro no te volverá a pasar”, “por lo menos no te asaltaron o te hicieron algo”, “a mí me rompieron el vidrio del carro para robármela”, “a la otra vas a tener más cuidado”, “las cosas pasan por algo”, “el destino así lo quiso”, me cago en el destino, a la mierda toda su filosofía barata, si me topo al graciosito que me hizo la payasada no creo que estas frases eviten pasarle por encima con mi camioneta para, por lo menos, dejarlo algunos días en el hospital donde quizás lo llegase a visitar, para escupirle en su comida y mearle en su limonada.

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