Gabriel Rodríguez Blog

diciembre 9, 2009

Otro de insectos… (los nombres y situaciones a continuación descritos son mera casualidad…no se me enojen)

Archivado en: Cuento — gabrielrdz75 @ 6:56 pm
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La mosca

Gabriel Rodríguez García

Diana salió temblando de la casa, sintiendo como su cuerpo se desvanecía, implorando a un Dios que había negado mucho tiempo atrás que la ayudara. Guillermo se encontraba desnudo sentado en el piso de la cocina, rodeado de platos rotos, restos de comida, sangre y una silla hecha pedazos.

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Dos días atrás Diana, su esposa, pensó ingenuamente que Guillermo estaba jugando; al llegar del trabajo lo encontró parado sobre una silla en la cocina observando el techo, de un lado a otro – ¿Qué ves querido?- después de cinco años de matrimonio conocía o creía conocer bien a su esposo, sabia que era un obsesivo compulsivo, quizá el techo tenga una mancha, pensó pero no era eso, era una mosca la que seguía con la mirada – ¿La ves? –le preguntó sin voltearla a ver –Si amor, abre la ventana para que se salga y ya bájate de ahí que vas a ensuciar el forro de la silla –pero él no le hizo caso, permaneció parado, sin moverse; lo extraño era que seguía con el portafolio del trabajo en una mano y las llaves del carro en la otra, la elegancia personificada, con su impecable traje negro, corte de salón y en su mano de pianista su imponente reloj, lo observó admirada, admirándose ella de cómo había conseguido al mejor partido, estas pequeñeces se pueden perdonar –como tú quieras, yo me voy a la cama que estoy muerta, no vayas a tirar nada por favor…ah, me subes un vaso de leche.

Pero el vaso de leche nunca llegó, cuando Diana bajo a desayunar se asusto al ver que su esposo seguía en la cocina, sentado en la barra de granito a un lado del fregadero, con el diario en la mano derecha y con la mirada en algún punto entre el refrigerador, la esquina del techo y la nada. El mantel de la mesa tenía un par de pisadas negras.

–Memo, me estas asustando, dime que no pasaste aquí toda la noche- pero no él no respondió, eso era lo que a ella le molestaba, el sentir que no estaba ahí – Guillermo te estoy hablando, ¿Qué no vas a ir a trabajar o qué?, no me salgas con eso de la mosca-  silencio – ¿Qué te pasa carajo?- se acercó a su esposo y le acaricio el pelo negro –necesito ir a entregar una casa y no puedo cancelar la cita, platicamos cuando regrese, ¿amor?- Guillermo volteo un segundo mirándola a los ojos, fue una mirada extraña, sin eco, Diana sintió un escalofrío y salio sin decir mas.

La mosca caminó sobre la puerta del refrigerador de aluminio, Guillermo se quitó los zapatos y los calcetines sin dejar de mirarla –te veo- alcanzó a decir, mientras se le acercaba lentamente, caminando sobre la barra de la cocina, pisando las parrillas apagadas, la tabla de corte, pisando la imagen de un salmón ahumado con mousse de gambas del libro de cocina de su esposa el cual jamás utilizó, pero que se veía bien junto a la tabla de corte, según ella. La mosca se limpiaba los ojos con sus patas delanteras mientras Guillermo, a medio metro de distancia, levantaba el brazo que sostenía el periódico muy lentamente, aguantó la respiración y golpeó la parte alta del refrigerador una fracción de segundo demasiado tarde, la mosca se alejaba rápidamente, giró en un intento para volver atizarla en el aire pero lo único que consiguió fue caer al piso abriéndose la ceja izquierda al golpearse con el filo del preciado granito de la barra, sentía la sangre caliente bajar por el costado de la cara, sonrió un poco dejando que esta fluyera.

Ya no veía al insecto pero si lo escuchaba, una especie de risa burlona, sentía sus alas golpeando el viento, de vez en cuando veía como se perdía cuando volaba delante de un fondo oscuro y como volvía aparecer delante de un fondo claro. Se levantó con dificultad, un dolor agudo debajo de la costilla lo obligaba a caminar un poco encorvado, se quitó el saco roto a causa de la caída, respiró y exhaló de manera rápida, tuviste suerte, solo eso suerte, pensó mientras se arremangaba las mangas de su camisa Armani con un par de botones menos, aflojó su corbata Valentino luciendo nuevas líneas rojas perpendiculares a las líneas azules originales, seguramente su esposa estaría furiosa al ver como cuidaba su regalo.

Diana no pudo regresar más temprano, no estaba segura de querer hacerlo, Guillermo no le contestó el celular ni el teléfono de la casa, intentaba entender el por que se comportaba de esa manera, era cierto que llevaban más de dos años sin salir de vacaciones, que él trabajaba prácticamente todos los días de la semana, pero así había sido desde el principio, era parte de su obsesión, la perfección, el detalle, en todos los sentidos. No lo entendía, su relación no podía ir mejor, habían hecho el amor la noche anterior, habían alcanzado el orgasmo perfecto al unísono, durmieron abrazados, mencionaron la palabra amor en más de una ocasión, quizá sólo en una, no lo entendía.

Al llegar encontró la casa en penumbras, el carro de Guillermo seguía en su lugar, seguro esta trabajando en casa, de seguro esta viendo una película, seguramente está limpiando el mugrero que dejó en la mañana,  –Memo…amor, ¿estás aquí?- su voz era una mezcla de histeria y miedo, la puerta de la cocina estaba cerrada, sabía, tenía la certeza de lo que iba a encontrar, la imagen que vio en la cocina la hizo caer de rodillas y llevarse las manos a la boca, su esposo desnudo sentado en el piso dándole la espalda, los muros una vez blancos ahora eran una mezcla de rojo y negro, había comida regada por el suelo, el olor a excremento y orines la hicieron arquearse    -no hagas ruido, ¿Qué no la oyes?- Pero Diana no respondió, ya se había ido.

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El hambre hizo que Guillermo abriera los ojos –me quedé dormido, como me pude quedar dormido- ya no la escuchaba, donde estas… movió el refrigerador, camino sobre la placa de granito enterrándose algunos vidrios en sus ya lacerados pies, buscó debajo de la mesa, ya había hecho el recorrido incontables veces la noche anterior e invariablemente la escuchaba o la veía alejándose al otro extremo de la cocina, pero ya no estaba. Se acostó en el piso, entre comida y sangre.

Después de un par de horas se dio cuenta de lo sucedido,  una sonrisa macabra dibujo su rostro –te siento, te siento, eres mía- ojos de niño brillaron de nuevo, era un brillo opaco. El aleteo de las alas dentro de su estómago le provocaban nauseas, corrió a la biblioteca y tomó el libro que compro meses atrás en Tokio sobre tradiciones japonesas, escogió el cuchillo que nunca utilizó su esposa para preparar el salmón ahumado, estudió de manera metódica las fotografías; el aleteo lo perturbaba, pero esto no lo desconcentro, no a él, la perfección hecha carne, colocó la punta fría de la hoja de acero inoxidable en su estomago desnudo, cerró los ojos, respiró nervioso y soltó una risa suave al momento de sentir el frió del metal penetrándolo.

La sangre bajo por su pubis, acariciando sus muslos hasta llegar a el mármol veneciano del piso, el aleteo del insecto dejo de serlo, Guillermo fue quedándose dormido, envuelto en frío y paz, envuelto en su sonrisa triunfal, había ganado una vez más.

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